Calentadores de Arqbiental en los pueblos del sur de Mérida

Valentina Quintero reseñó el funcionamiento del calentador solar que recién instalamos en la posada Las Hortensias ubicada en los pueblos del sur de Mérida. Aquí repoducimos el texto completo publicado en el diario El Nacional, el 29 de enero de 2012.

Viajes

Los viajes de Valentina
PUEBLOS DEL SUR (y IV)

La familia Mora Mora se ocupó de poblar la aldea La Coromoto

Hace 50 años este valle se llamaba El Zamuro. Al cura le pareció tan desolador el nombre, que lo bautizó La Coromoto y puso una gruta con la Virgen. Allí se casaron los Mora Mora, tuvieron 14 hijos, cultivaron la tierra, hicieron la escuela y abrieron la posada. Ahora crían truchas y muestran a la visita esa tierra sana

VALENTINA QUINTERO
valenqui@movistar.com.ve @valendeviaje

 

 

Cómo llegar. La semana pasada nos quedamos en Chacantá. Salen del pueblo por la única vía posible, llegan a la carretera principal, toman la vía de Canaguá ­el pueblo más grande y próspero de la zona­ lo atraviesan por su calle principal, continúan la carretera como quien va a Mérida y a sólo 500 mts verán una entradita a mano izquierda que dice “Aldea La Coromoto”.

Atraviesan un puente sobre la quebrada El Rincón y entran a una carreterita muy malandra con la cuesta encementada y lo demás de tierra. Vital doble tracción. Sólo pasa un carro a la vez. No inventen andar de noche por aquí. Se pueden desbarrancar o perderse el fenomenal paisaje. Son 20 minutos aproximadamente para recorrer 1.200 mts.

Los fundadores. Isabel Teresa Mora se casó con Corsino Antonio Mora, tuvieron 14 hijos ­más que suficiente para poblar este pequeño valle andino­ así que ahí siguen, rodeados de los Mora Mora, algunos casados, otros solteros, pero todos empeñados en permanecer en la aldea La Coromoto. “Antes se llamaba El Zamuro. Lo que pasa es que un cura le cambió el nombre.

Era muy pagano ese nombre.

La bautizó La Coromoto hace 50 años, colocó una gruta con la imagen de la Virgencita y el río que atraviesa el valle también se llama La Coromoto”, explica Isabel con sus ojos muy azules, empeñada en que me siente a tomar un café, el orgullo de la zona.

Producen casi 10.000 kilos al año en una sola cosecha. Un jornalero llega a las 7:30 am, se guinda un balde en la cintura, se faja a arrancar pepita por pepita de la mata y recibe 80 bolívares por un trabajo que se termina a las 5:00 pm.

“Cuesta conseguir quien venga. Es un trabajo duro y tiene que ser manual”, indica Corsino, con demasiados años para esos menesteres, pero presto a blandir el machete para acabar con algún monte impertinente o dirigir al burro en el trapiche detrás de la casa.

Conviven en esta aldea unas 80 personas en 12 viviendas, hay una escuela nuevecita, inmensa, para 50 niños aunque apenas asistan entre 12 y 15.

“La hicimos grande porque el mundo va creciendo. El plan es tener talleres y dar la misa.

A los sacerdotes les prohibieron dar la misa en las casas. Y eso que venían así fuera a comerse la gallinita”, cuenta Manuel Mora Mora, el baqueano de la comunidad. Mientras caminamos por el sendero que une todas las casas con jardines plenos de flores, vemos un cable que baja de una montaña a la otra. “Cortamos el pasto en la loma de enfrente para alimentar a los animales. Son unos 50 kilos de monte. Los amarramos, colocamos un garabato (un palo muy grueso que termina en Y en la parte superior para sostenerse del cable) y lo lanzamos para el otro lado. Así no tenemos que subir y bajar la cuesta con ese peso”, indica Manuel. Vimos cómo funcionaba. Es perfecto.

También entendemos que si se siembran los helechos en cajas de cerveza crecen por arriba y por abajo hasta formar un bosque. Así los vimos en la casa de Rosa Durán Mora. Trabajó 10 años en Los Marañones, una finca de ganado de lidia y aprendió todo lo que sabe de jardinería.

Visitamos a Rosa Díaz, nacida en el llano y casada con otro Mora Mora. “Ya me amañé. Son 17 años aquí. Aprendí a cultivar el café y lo que haga falta. Hago canastos de bejuco que uso en la casa o vendo a quien me encargue”. Su hija Rosimar sale con uno llenito de huevos criollos. Miriam Agustina se aparece en el patio de café con sus botas de cuero acostumbradas a la faena y nos invita a recorrer la casa con más de 100 años, paredes de bahareque, techo de caña y piso de cemento. “Es la más antigua de la comunidad”. En los corredores guindan los helechos, frondosos, verdes, como todo en esta aldea acogedora donde el plan es visitar a los vecinos, aprender de sus cultivos y dejarse llevar por la vista apacible de esas montañas que abrazan sin exigir que les retribuyan el gesto.

Por algo se empieza. A Neptalí Mora Mora le daba mucha angustia recibir gente extraña en su casa. Pero desde que empezó a criar truchas tuvo que aceptar que lo visitaran para comprarlas. Luego se las quisieron comer ahí mismo, así que montó restaurante. Y cuando le pidieron quedarse a dormir, fue cuando le hizo caso a la gente de Andes Tropicales y resolvió abrir su Mucuposada Las Hortensias. “Ahora cuando llega alguien a mí me parece que es mi hermano y así lo recibo. Cuando se van, me da dolor despedirlos”.

Es la casita al fondo del valle, con el río que le pasa por enfrente, de donde saca el agua para su cría de truchas en 4 piscinas que van en cascada.

Crecen rozagantes y felices con ese clima frío y la visión de puras montañas. Como no hay ningún poblado más arriba, el agua corre muy pura, helada, lista para tomar o darse un baño rejuvenecedor. Son apenas 2 cuarticos, cada uno con su baño, el corredor, un comedor y la casa de la familia ahí mismo. Aquí viven su esposa Marcolina Montes Contreras y los 3 hijos: Angivel de 14 años, Nataly de 5 y Anthony de 4. Marcolina cocina, Angivel ayuda a servir la mesa y los niñitos corren dichosos, se le acercan a la vaca recién parida, alimentan las truchas junto a su padre y salen a saludar y conversar con los huéspedes, con sus cachetes colorados y una peculiar pregunta: “¿Tú has visto a Chávez en Caracas?”. Tienen Direct TV.

Cuando fuimos Neptalí estaba colocando un calentador de agua con energía solar. Andes Tropicales resolvió probar la nueva tecnología en alguna de las posadas de los Pueblos del Sur y fue Neptalí quien se ganó el honor. Estaba orgullosísimo con la novedad. La verdad es que aquí no hay formas de darse un baño si no es con una temperatura gentil. Hace frío desde que el sol desaparece.

Otro atractivo en la aldea La Coromoto es la rica avifauna bajo los cafetales de sombra, Pudimos ver hasta una pareja de turpiales en su nido. Quienes amen los jardines, aprenderán el cultivo orgánico y silvestre de todas las plantas ornamentales, sembradas a punta de sabiduría popular: cariño y estupendo clima.

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